La siesta de los patos


Todas las tardes cuando el sol aprieta, los patos del río se paran sobre la presa. Meten las patas bajo el cuerpo barrigudo y dejan caer el pico sobre las plumas del pecho. Mientras cierran los ojos y respiran profundo entran suavemente en el mundo de la siesta. No les perturba el agua que corre bajo a ellos, ni el viento que mueve sus plumas, ni siquiera el canto de las ranas. Están en su mundo de la siesta. Un mundo que solo pertenece a los patos. Los juncos se balancean al ritmo de la suave brisa, los peces saltan con la boca abierta por si cazan algún insecto, y los patos, siguen su siesta. Marcial, pato curioso y con alma de filósofo, se preguntaba que pasaba en el río mientras ellos estaban en el mundo de la siesta. Seguro tenían que pasar cosas curiosas. “¿Cómo es el mundo sin patos?”. Un día decidió no dormirse. Se paró sobre la presa, guardó las patas, bajó el pico, cerró los ojos y… se durmió. Estaba agotado, trabajar desde el amanecer cansa. Al día siguiente lo intentó de nuevo y consiguió aguantar un poco más. En ese rato no vio nada diferente. Las ranas cantan, los peces saltan, el agua corre y los mosquitos están su nube habitual. El día después consiguió permanecer más tiempo despierto. Todo permanecía igual. Marcial sabía que algo tenía que pasar cuando todos los patos dormían. Pero en realidad, además del calor de la tarde y el constante canto de las cigarras, no veía nada diferente. El cuarto día se dijo, “Ya está bien, hoy no bajo el pico y no cierro los ojos”. Y no se durmió. Durante un buen rato miró las ranas, miró los juncos, oyó las cigarras, y nada. Se zambulló varias veces, miró bajo el agua… todo igual. Decidió que era cuestión de tiempo. Y continuo día tras día. Desolado y cansado, muchos días de vigilancia después, decidió preguntar a una de las ranas del río. Los patos nunca hablan con otros animales excepto en ocasiones excepcionales. La rana sorprendida primero y encantada después, no parecía comprender la pregunta. “¿Mundo de la siesta?” “¿mundo sin patos?” “¿de qué hablas pájaro?”. Después de pensarlo un buen rato, la rana le contó. “Cuando vosotros los patos dormís la siesta, el agua del río baja, los mosquitos vuelan, los peces nadan, las ranas cantan y el calor aprieta en verano. Solo dos cosas se me ocurren diferentes, el río está más tranquilo y los demás pasamos la hora de la tarde pensando ¿se morirán los patos cuando se echan la siesta?”.

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Higiene nómada


En plena mudanza, que se encuentra una, todavía tiene tiempo para recuerdos. Es curioso, siempre relaciono las mudanzas con viajes (en alguna ocasión ha sido así) aunque no ha sido la norma. Hoy mirando los batiks colgados en la habitación donde estoy durmiendo en este impass (entre casa y casa), me vino a la memoria el viaje a Zanzibar desde Arusa, en Tanzania. Hicimos el trayecto en grupo, transportábamos la artesanía que habían fabricado las mujeres acogidas en una ONG para su venta en la turística isla. Podría contar tantas aventuras del viaje, pero no vienen a cuento. Lo que ha vuelto a mi memoria es la costumbre tan curiosa que tienen las mujeres tanzanas. Cuando viajan, (con un maleta en la que llevan la poca ropa que van a usar más el vestido de gala para tan singular ocasión), tienen por costumbre lavar las maletas en cada destino en el que hacen noche. ¿Qué por qué? Eso mismo nos preguntábamos nosotras, las no tanzanas que acompañábamos la expedición. Se lo preguntamos en repetidas ocasiones, incluso alguna intentaba convencerlas para que no hicieran el esfuerzo. No hubo manera. Sin duda es una costumbre que tiene que ver con la higiene y con la transmisión de enfermedades locales. Eso ellas no lo sabían, creo que más bien le daban un sentido religioso. Curioso de todas formas. ¿Cuántas veces he lavado yo una maleta en mi vida?… 

Recuerdo otras vivencias muy agradables: la cara de las chicas que no conocían el mar en su primer baño en el Índico. Los paisajes a través de las ventanas de los autobuses y los daladala (pintorescos minibuses, atestados). Los niñ@s (como no), los tanzan@s y su colorido. Su lucha diaria por la subsistencia… y otras cosas no tan agradables que no me apetece contar en este post.

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Pelos y más pelos


Es una lucha encarnizada la del aspirador, la escoba y la fregona contra los pelos de nuestras mascotas. Tanto el gato como el perro se pasan el día jugando y frotándose el uno con el otro. Casa arriba, casa abajo, estanterías, armarios, escaleras, sofás… todo es una manta de pelo color canela bimodal. Por un lado el pelo del perro duro como agujas que no hay quien saque sino es con cepillo. Por el otro el del gatito, que está mudando el pelo de cachorro por el de adulto, una especie de nube que se condensa en bolas que recorren los suelos y muebles sin decoro. En fin, que por no irme por las ramas, algunas de las cosas que he tenido que modificar, por ejemplo, es la secuencia en la que pongo lavadora, limpio suelo del salón y tiendo. Antes hacía colada sin tener que pensar en el suelo, pero desde que los pelos inundan el hogar, debo aspirar y luego fregar antes de colgar la ropa a secar, porque los dichosos pelos trepan. Un tostón. Pues en esas estaba cuando aparece Susana. “¿Cómo has entrado?” “Tu novío salía y me he colado”, me dice con un puchero a medio estallar en la cara.  Sigo tendiendo y me empieza a contar que su marido se ha echado otra. ¿La peluquera? No, otra. Joder con el tío. Esta no sabe cómo se gana la vida, sabe que la chupa muy bien, que se lo ha dicho él. Rompe a llorar e intento consolarla. Por lo visto ella no se la chupa lo suficiente, y él se ha buscado a otra que sí. ¿”Básico” es lo mínimo que se puede decir? me pregunto mientras la escucho. “Y lo peor no es la comparación” sigue. “Lo peor es que él no me lo chupa a mí y a mí me da igual”. Buaaa, buaaa, buaaa. ¿Pero te quiere dejar? Nooooooo, pero no quiere dejar a la otra y aunque me diga que la deja, ¿será verdad?. Llegados a este punto, me levanto a echar un ojo a las codornices escabechadas que tengo al fuego y de paso echo al gato de la encimera, donde chupaba la espumadera. Cierro la puerta de la cocina y me siento con Susana. A ver guapísima, tú ¿qué echas en falta?. Qué esté conmigo en casa, qué pase tiempo con nuestros hijos, qué hagamos barbacoa como hacíamos antes, no sé, esas cosas. ¿Sabes lo qué puedes hacer? Pásale una factura por las horas que pasa con la otra y no está contigo haciendo lo que tiene que hacer, vamos en concepto horas /marido. Porque conseguir que deje a una que se la chupa bien, no lo vas a hacer a no ser que le duela donde más le duele, en el bolsillo. O eso, o se la cortas a cachitos, que total para lo que tú la usas últimamente. Huele profundamente a vinagre, ostia, las codornices que no he bajado el fuego. Entro en la cocina y esperando lo peor abro la cazuela, y están bien. Añado unas mandarinas y limón y a cocer a fuego lento. Susana se ha marchado. La estaba contando lo de desglosar el IVA de la factura, pero creo que por hoy ha tenido bastante. Hay días que al menos se rompe la rutina, aunque sea a costa de las lágrimas de una amiga. En fin… le doy un traguito al oporto del escabechado.

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Dónde voy yo sin tejado?


La noche anterior había bebido mucho, por no decir demasiado. Notaba la cabeza muy pesada y no podía abrir los ojos. La gata llevaba un rato incordiando en la cama con ganas de jugueteo. Mi dormitorio, en la buhardilla de la casita/duplex en la que vivíamos Mecha (la gata) y yo, era muy amplio y acogedor, con sus vigas de madera en techo y el parquet en el suelo. Oía unos ruidos curiosos encima de la cama que no identificaba y que habían despertado a Mecha y ahora a mí. Debí recobrar algo más los sentidos, y de sentí la luz del sol en mi cara y voces y pisadas en el tejado. ¡Lo estaban levantando! Pero coño, miro el despertador, compruebo que por lo menos llevo el pijama y salgo a la puerta de casa con toda la ira contenida de un sábado de resaca, nueve de la mañana y tres horas de sueño. Mi casero está en el patio que daba entrada a las casitas, tipo Mellrose Place a lo castizo (teníamos un precioso y pequeño alamo plateado y un fuentecita). “¿Pero qué está pasando?”. “Buenos días Elena, ¿qué tal?”, tan tranquilo como siempre. Estamos arreglando el tejado para solucionarte lo de las humedades del dormitorio. Se refería a una mancha negra con zonas verdes amarronadas que lucía como cabecero de mi cama. Cómo comprenderéis después de muchos meses en litigio con él por culpa de las humedades, lo único que me faltaba era que se presentase al día siguiente de la fiesta de fin de exámenes (trabajaba y estudiaba, por lo que la media de horas sueño de los últimos quince días no había sido ni de media jornada), sin avisar a agujerearme el tejado y levantar todas las tejas. Tengo pocos accesos de mal humor, pero cuando los tengo suelen ser en situaciones del tipo a la que estoy contando. El dolor de cabeza no me dejaba pensar y menos hablar así que por una vez decidí callarme, además no era cuestión de joder a todos los vecinos que llevaban esperando meses la reparación. Pensé en bajarme a dormir al salón, pero había tal follón en el patio que no iba a ser posible. Dí varias vueltas por casa soltando la mala hostia acumulada, me duché, me tomé un sobrecito milagroso de ibuprofeno (lo había descubierto en esa época) y empecé a pensar a quién podría encontrar yo a las diez de la mañana de un sábado dispuesto a soportar mi cabreo. Llamé a Marta, que me estaba enseñando a escalar, y estaba saliendo hacia Patones. Se dió la vuelta y me recogió. Y fíjate tú como son las cosas. Al final del día estaba hecha una braga, para que engañaros, pero tenía tejas nuevas, había pasado el día en el campo, había conseguido subir una vía de las que se me resistían y a la vuelta habíamos parado en un garito de Hortaleza a tomar botellines y fumar porritos donde nos habíamos ligado a unos chavalitos muy requetemajos. Y juraría, que mi gata, aprovechando el altercado, se había pasado un día de puta madre recorriendo los tejados. ¿Quién dice eso de “lo que mal empieza…”? (Todavía tenía que negociar con el casero la pintura del dormitorio, pero eso es otro cantar para otro día).

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Amistades sensuales


Durante años mis amistades más íntimas fueron masculinas. Por alguna razón tenía mejor feeling con ellos que con ellas, aunque no dejaba de tener buenas amigas, era con mis amigos con los que compartía y aprendía. Con el tiempo se fueron emparejando y las cosas iban cambiando en nuestra relación. Al principio manteníamos los niveles de camaradería, pero poco a poco mi cuota de intimidad con ellos se veía sustituida, como es normal, por su pareja y los momentos de encuentro se iban distanciando hasta que llegó a ser una cosa bastante anormal. Esto fue así con todos ellos, excepto con uno, que aunque marchó fuera de Madrid y se echó novia “formal”, no dejaba pasar visita a la ciudad sin que nos vieramos. Al final después de muchas invitaciones, me fui a verle coincidiendo con el final de un proyecto que me había tenido en alerta roja de estrés durante un buen tiempo. Tanto me relajé saliendo de Madrid y olvidando el trabajo, que acabé liandome con mi amigo, algo que podía haber pasado en los muchos años que llevábamos conociéndonos pero nunca había pasado. Su novia, por supuesto, estaba fuera. Tenían una relación estupenda y su proyecto de vida era envidiable, por lo que yo no me plateé nada más que “carpe diem”. Pero las cosas no son tan fáciles, la mente es complicada y los sentimientos enrevesados. Nos enfadamos y él dejó de hablarme. Aunque le pedí por favor que no lo hiciera, lo hizo. Supongo que se sentía incómodo. Así que lo entendí y proseguí mi vida, con un amigo menos. Con el tiempo intenté comprender los motivos de nuestra separación: imaginé que su novia se entereraría, alguien se lo contaría (muy cuidadosos no fuimos) o lo hizo el mismo, e imagino que sus palabras fueron: está bien, no quiero que vuelvas a verla. Yo me lo busqué, pensé. Así fue como perdí un amigo, que no he vuelto a recuperar, y como aprendí lo fácil que es fastidiar una amistad. Sensualidad, maldita sensualidad. Aún guardo sus regalos que van conmigo de mudanza en mudanza.

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Qué es lo qué tú haces?


Cada vez que cojo ritmo con mi proyecto profesional, al que estoy dando forma y que requiere estar al cabo del día en numerosos temas, mi compañero (íntimo, de piso, de trabajo, de vida…) me asalta con la misma pregunta. ¿Pero qué es lo que tú haces todas las horas que estás pegada al ordenador? Se lo expliqué al principio de empezar a vivir juntos, se lo volví a explicar una semana después. Se lo expliqué trabajando en el bar y no me cansaba de explicárselo hasta que caí en la cuenta de que no quiere saber qué es mi proyecto, sino qué cosas hago. Y entonces me puse a pensar. Podría hacer un listado de todo lo que hago en estas horas. Nombres, fechas y acciones. Podría explicarle por qué leo estos artículos, pertenezco a este grupo o escribo en este sitio. Podría, pero no me da la gana. ¿Le pregunto yo dónde está, con quién, de qué habla, por qué, en las horas de su trabajo en las que yo no lo veo? Pues eso… la intimidad de uno, es la intimidad de uno.

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Y dale con los tópicos…


Mientras cocino oigo un programa muy culto e intelectual en el canal autonómico de televisión (oyendo y no viendo, porque los ojos estaban ocupados entre la tabla de cortar y la sartén). Hablan de la famosa amabilidad como anfitriones que despliegan los marroquíes con los turistas y las visitas y yo no puedo dejar de pensar en lo malos que son los tópicos, no vaya a pasarle a alguien lo que a mí en tierras gallegas.

Tenía hace años un grupo de amigos gallegos con los que compartía piso. Divertidos, cariñosos y muy solidarios, me echaron una mano cuando lo necesitaba e hicimos bastante amistad. Había oído que los gallegos aparte de contestar siempre con una preguntas ¿?, son grandes anfitriones y recorredores del mundo. Ante tales credenciales, no dudé en aceptar la invitación a casa de los padres de uno de ellos en una aldea de las Rías Baixas. La bienvenida por parte de los colegas fue perfecta. Las excursiones, paseos y juergas estupendas. Pero tenía que haber un pero.

Estaba alojada en casa de los padres de uno de ellos. El último día, empachada, feliz, y agotada de agasajos, quise corresponder fregando los platos de la comida multitudinaria. Me levante de la mesa, comíamos en la cocina, y empecé a fregar. No había agua caliente ese día, así que lo hice con agua fría. La madre me decía “déjalo, déjalo mujer” en un tono extraño. Y yo, que solo quería tener un detalle de agradecimiento, insistía. Fregué todos los platos y me senté a tomar café. Entonces salío a colación mi situación. Mis amigos eran estudiantes que se habían tenido que trasladar a Madrid para estudiar la carrera que querían. Yo estudiaba y trabajaba y había dejado de vivir en casa de mis padres hacía varios años. La madre, que se lo estaba comentado al grupo y no entendía mi situación, dice: “Ella sabrá por qué no vive con sus padres. Y friega los vasos con agua fría, que así han quedado de grasa”. Acto seguido el abuelo, panadero del pueblo de toda la vida y con el que había hecho muy buenas migas hasta un día en el que dejó de hablarme, me espeta: “Y pasa la noche fuera como si fuera una cualquiera”.

Es curioso, después de los años, recuerdo mi sensación de haber hecho algo que no entendía y de haber estado recibiendo todos aquellas atenciones por parte de una familia a la que no gustaba mi forma de vida y querían que me quedara claro. Así que unas sencillas frases me dejaron esta complicada reflexión: o los abuelos y matronas en las Rías Baixas no son gallegos, o el tópico no es cierto. Además de proporcionar el punto amargo a unos días que habían sido de lo más salados.

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