Y me fui


Edificio CapitolTráfico Madrid
Esperaba en el andén 2 el tren que tantas veces había ido a ver pasar con destino Madrid. Desde Palencia tardaba unas 4 horas parando en Medina del Campo, Venta de Baños, Valladolid… y todas las pequeñas estaciones que había por medio en el trayecto. El tren siempre iba lleno, al menos el de las dos y cuarto que era el que esperaba todas las tardes al salir de la escuela. Llegaba frenando con mucho ruido según se acercaba a la estación y la gente se arremolinaba en el andén mientras bajaban sus familiares y amigos, o esperaban para subir y emprender viaje. Viajar, quién pudiera. Pero hoy él, él iba a poder. Se va a subir en ese tren de las dos y cuarto y se va a marchar a ver la capital, que ya es hora de conocer la gran ciudad.

Manolo tiene 8 años. Ha cogido la hucha de su hermana Justa y con el dinero se ha comprado un billete a conocer mundo. En la cartera del cole lleva el bocadillo que no se ha comido en el recreo y un plano del centro de Madrid que recortó del Norte de Castilla. No sabe si volverá, a lo mejor no. Si encuentra trabajo podría quedarse a vivir en una pensión. Ya sabe leer y escribir y hacer algunas cuentas y se le da bien hacer los mandaos. Es la primera vez que va a visitar una ciudad tan grande. Porque Valladolid es grande, pero dicen que Madrid mucho más.

Y cuando quiere darse cuenta está sentado en el vagón enseñándole orgulloso su billete al revisor que le pregunta si va solo. Sí, le esperan en Madrid. Y es verdad, le espera, con suerte, una nueva vida.

La llegada a Estación del Norte y Manolo ya está boquiabierto. ¡Qué estación! ¡Qué follón de viajeros subiendo y bajando! Decenas de coches esperando. Cargan bultos, animales y personas que siguen camino hacia otros lugares. Y él en mitad del alboroto con el plano en la mano. Porque sabe que quiere hacer, pero no sabe como llegar. Es un mozo de estación el que le indica como ir a la Gran Vía, la avenida de los cines y los “rascacielos”. Y caminito, caminito se presenta en la Gran Vía con la boca todavía abierta. Busca entre todos los carteles de los cines la película que más le llama la atención y sin pensárselo dos veces se mete a verla. Es la última sesión. El acomodador lo mira extrañado, ¿qué hace un niño solo a esas horas en el cine?. Está esperando a que su padre termine el turno y vaya a recogerlo. Lo acomoda y deja a Manolo con la boca abierta mirando la pantalla más grande que jamás ha visto.

¡Qué edificios! ¡Qué cine! ¡Qué película! ¡Qué actorazos!. Sale despacio disfrutando de cada momento y se encuentra en un callejón lúgubre y sombrío. Una fulana al fondo habla con un tipejo y él apresura el paso buscando la Gran Vía y las luces y el alboroto de la avenida donde se siente seguro. Pero pasa de callejón en callejón oscuro y siniestro y nunca encuentra la avenida hasta que ve la luz de una comisaria. Y asustado entra y le cuenta su aventura al policía que le atiende. “Chaval, llama a tu casa que tu madre debe estar muerta del disgusto”. Y así hacen y Manolo pasa la noche en comisaría. Y al día siguiente lo montan en un tren destino Palencia donde le espera la tunda de azotes de su padre, el castigo de su madre y la ira de su hermana Justa. Pero él, ha conocido Madrid y ha estado viendo una película en la Gran Vía.

Mi abuelo, todo un figura.

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