Colas y consecuencias fisiológicas


En una de las jornadas turísticas en Berlín madrugamos bastante para visitar el Reichstag, parlamento alemán. Aún así y llegando bastante antes de la hora en la que abrían el paso a las visitas, nos encontramos con una cola bastante larga de gente y nos tocó esperar un par de horas. Tuvimos suerte que hacía buen día y estábamos en los jardines de entrada, así de vez en cuando podíamos sentarnos en los poyetes. Aún no siendo la cola más larga que he hecho en mi vida, la sentí como tal, me preocupaba como se encontraba mi abuelo, que a cabezota no le ganaba nadie y si había decidido ver el Reichstag, lo veía. En la cola éramos la mayoría extranjeros y nos tocó en suerte una pareja de australianos delante nuestro, con los que por lo menos yo podía hablar en inglés. Mi abuelo hablaba con ellos en francés y ellos le sonreían mientras yo traducía entre unos y otros. Llegando al arco de seguridad había un policía pidiendo documentación. Yo llevaba el pasaporte a mano y mi abuelo sacó el DNI. El policía le hizo señas (de inglés nada, claro) indicando que quería ver el pasaporte y mi abuelo insistía con el DNI. Le pregunté que si no tenía el pasaporte y empezó a sacarse la camisa del pantalón. De vez en cuando, si algo le cabreaba, se ponía muy huraño y no soltaba palabra. Eso y que padecía una sordera bastante aguda y a veces no contestaba no porque no quisiera, sino porque no había oído. Una vez sacada la camisa, empezó a levantarse la camiseta interior y vimos que llevaba una riñonera con la documentación y el dinero. Normal su enfado, todas las personas de la cola estaban mirando y el truco del bolsito era ese, que nadie supiera donde lo llevaba. Los australianos estaban enfadados porque el poli no estaba siendo demasiado amable con él. Comprenderéis que mi abuelo iba lento, ochenta años son muchos años y aquel poli parecía no entenderlo. Idiotas hay en todos los países del mundo y Alemania no iba a ser menos. El abuelo comenzó a vestirse de nuevo y mientras se remetía la camiseta, la camisa y se abrochaba el cinturón del pantalón, soltó una sonora ristra de pedos que para que contaros. Nunca sabré si él los oyó, los sintió o lo supo. Su cara era de absoluta normalidad; yo sentía ¡qué vergúenza! y no sé que cara ponía;  los australianos y la gente de la cola que estaba cerca, se partían de la risa. Al poli, ni lo miré, cogí la mano del abuelo y seguí a los astralianos que entre carcajadas me decían que mi abuelo era un figura. Desde luego tenía muy claro que privilegios otorgan la edad y como hacerse entender sin necesidad de traductor. Aquí os dejo la prueba de nuestro paso por el parlamento alemán. Mi abuelo, genio y figura hasta la sepultura.

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