Cosas que pasan


De todas las cosas que me ha dado por hacer en la vida, una de ellas fue trabajar en cine. Estaba en producción y trabajaba en la oficina, como secre, y en transporte, recados y chófer como auxiliar. Buen rollito con el equipo (aunque lo de ser secre no es que facilite las cosas en ese sentido) y todo bien hasta que empezamos a rodar de noche. En principio yo también iba a ese horario pero en la jornada que empezábamos se decidió que me quedaba en horario de día. Vale, pensé, una pena pero no pasa nada.

Resultó que todo lo que no se ha hecho de noche, se hace de día. Es decir, furgoneta arriba y abajo casi toda la jornada. Vale, no pasa nada. Así fue la cosa hasta que un día, muy apretado, no daba abasto. Había cogido la furgo por la mañana, donde me encontraba la “carta de amor” que el ayudante de producción de turno me dejaba con las instrucciones. Se trataba de no molestarles en el móvil para que pudieran descansar las horas que marca el convenio. Así que ahí me las veía, primera vez que curraba en eso, sin conocer a los proveedores, furgoneta arriba, furgoneta abajo. Ese día la furgo hacía un ruido muy raro. Había pasado ya por un par de direcciones y me estaba volviendo loca buscando la tercera. El mapa no ayudaba y a base de dar vueltas acabé encontrándolo. Allí tenía que cargar un material de cámara para el rodaje de ¡ese día! (eso decían siempre, me entere después) del que el proveedor solo me podía dar una parte (esto da para otro post). Pesaba lo suyo y me preguntó si había ido sola porque él no pensaba ayudarme a cargar. Vale, cervecita por medio, accedió y nos pusimos a cargar. Abro la furgo y me dice: “Niña, ese bidón que llevas ahí suelto ¿que es lo que tiene? No lo sabia, yo no tocaba el material que ya estaba en la furgo, era lo que mis compañeros dejaban para el rodaje. Abre el bidón, lo huele y me dice: “esto es gasóleo. ¿Y lo llevas dando tumbos?”
Claro, los ruidos extraños pensé yo.

En fin, para qué contaros el cabreo que me cogió en el cuerpo. Vale que cansa el rodaje de noche, tantas horas parado vigilando agota a cualquiera (de eso también me entere después). Vale que un descuido es un descuido. Y jugarse la vida de un compañero ¿qué es?. Total que dejé de sentirme parte del equipo en 0,10 como dicen por esos lares. Y a lo mío que el resto hacía tiempo se dedicaba a lo suyo. Una pena pero a ostias parece que se aprende.

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