Dónde voy yo sin tejado?


La noche anterior había bebido mucho, por no decir demasiado. Notaba la cabeza muy pesada y no podía abrir los ojos. La gata llevaba un rato incordiando en la cama con ganas de jugueteo. Mi dormitorio, en la buhardilla de la casita/duplex en la que vivíamos Mecha (la gata) y yo, era muy amplio y acogedor, con sus vigas de madera en techo y el parquet en el suelo. Oía unos ruidos curiosos encima de la cama que no identificaba y que habían despertado a Mecha y ahora a mí. Debí recobrar algo más los sentidos, y de sentí la luz del sol en mi cara y voces y pisadas en el tejado. ¡Lo estaban levantando! Pero coño, miro el despertador, compruebo que por lo menos llevo el pijama y salgo a la puerta de casa con toda la ira contenida de un sábado de resaca, nueve de la mañana y tres horas de sueño. Mi casero está en el patio que daba entrada a las casitas, tipo Mellrose Place a lo castizo (teníamos un precioso y pequeño alamo plateado y un fuentecita). “¿Pero qué está pasando?”. “Buenos días Elena, ¿qué tal?”, tan tranquilo como siempre. Estamos arreglando el tejado para solucionarte lo de las humedades del dormitorio. Se refería a una mancha negra con zonas verdes amarronadas que lucía como cabecero de mi cama. Cómo comprenderéis después de muchos meses en litigio con él por culpa de las humedades, lo único que me faltaba era que se presentase al día siguiente de la fiesta de fin de exámenes (trabajaba y estudiaba, por lo que la media de horas sueño de los últimos quince días no había sido ni de media jornada), sin avisar a agujerearme el tejado y levantar todas las tejas. Tengo pocos accesos de mal humor, pero cuando los tengo suelen ser en situaciones del tipo a la que estoy contando. El dolor de cabeza no me dejaba pensar y menos hablar así que por una vez decidí callarme, además no era cuestión de joder a todos los vecinos que llevaban esperando meses la reparación. Pensé en bajarme a dormir al salón, pero había tal follón en el patio que no iba a ser posible. Dí varias vueltas por casa soltando la mala hostia acumulada, me duché, me tomé un sobrecito milagroso de ibuprofeno (lo había descubierto en esa época) y empecé a pensar a quién podría encontrar yo a las diez de la mañana de un sábado dispuesto a soportar mi cabreo. Llamé a Marta, que me estaba enseñando a escalar, y estaba saliendo hacia Patones. Se dió la vuelta y me recogió. Y fíjate tú como son las cosas. Al final del día estaba hecha una braga, para que engañaros, pero tenía tejas nuevas, había pasado el día en el campo, había conseguido subir una vía de las que se me resistían y a la vuelta habíamos parado en un garito de Hortaleza a tomar botellines y fumar porritos donde nos habíamos ligado a unos chavalitos muy requetemajos. Y juraría, que mi gata, aprovechando el altercado, se había pasado un día de puta madre recorriendo los tejados. ¿Quién dice eso de “lo que mal empieza…”? (Todavía tenía que negociar con el casero la pintura del dormitorio, pero eso es otro cantar para otro día).

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