Y dale con los tópicos…


Mientras cocino oigo un programa muy culto e intelectual en el canal autonómico de televisión (oyendo y no viendo, porque los ojos estaban ocupados entre la tabla de cortar y la sartén). Hablan de la famosa amabilidad como anfitriones que despliegan los marroquíes con los turistas y las visitas y yo no puedo dejar de pensar en lo malos que son los tópicos, no vaya a pasarle a alguien lo que a mí en tierras gallegas.

Tenía hace años un grupo de amigos gallegos con los que compartía piso. Divertidos, cariñosos y muy solidarios, me echaron una mano cuando lo necesitaba e hicimos bastante amistad. Había oído que los gallegos aparte de contestar siempre con una preguntas ¿?, son grandes anfitriones y recorredores del mundo. Ante tales credenciales, no dudé en aceptar la invitación a casa de los padres de uno de ellos en una aldea de las Rías Baixas. La bienvenida por parte de los colegas fue perfecta. Las excursiones, paseos y juergas estupendas. Pero tenía que haber un pero.

Estaba alojada en casa de los padres de uno de ellos. El último día, empachada, feliz, y agotada de agasajos, quise corresponder fregando los platos de la comida multitudinaria. Me levante de la mesa, comíamos en la cocina, y empecé a fregar. No había agua caliente ese día, así que lo hice con agua fría. La madre me decía “déjalo, déjalo mujer” en un tono extraño. Y yo, que solo quería tener un detalle de agradecimiento, insistía. Fregué todos los platos y me senté a tomar café. Entonces salío a colación mi situación. Mis amigos eran estudiantes que se habían tenido que trasladar a Madrid para estudiar la carrera que querían. Yo estudiaba y trabajaba y había dejado de vivir en casa de mis padres hacía varios años. La madre, que se lo estaba comentado al grupo y no entendía mi situación, dice: “Ella sabrá por qué no vive con sus padres. Y friega los vasos con agua fría, que así han quedado de grasa”. Acto seguido el abuelo, panadero del pueblo de toda la vida y con el que había hecho muy buenas migas hasta un día en el que dejó de hablarme, me espeta: “Y pasa la noche fuera como si fuera una cualquiera”.

Es curioso, después de los años, recuerdo mi sensación de haber hecho algo que no entendía y de haber estado recibiendo todos aquellas atenciones por parte de una familia a la que no gustaba mi forma de vida y querían que me quedara claro. Así que unas sencillas frases me dejaron esta complicada reflexión: o los abuelos y matronas en las Rías Baixas no son gallegos, o el tópico no es cierto. Además de proporcionar el punto amargo a unos días que habían sido de lo más salados.

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